La psicóloga Sandra Ferrer analiza cómo el ideal de no depender de nadie, cada vez más presente en la sociedad actual, puede erosionar la capacidad de vincularse y generar malestar emocional

“Igual que entendemos que a 40 grados sentimos calor porque es natural, deberíamos entender que necesitamos vínculo porque también lo es. Existimos en relación con otros”, afirma la psicóloga Sandra Ferrer. En un contexto social en el que el discurso de la hiperautonomía gana cada vez más peso, la especialista recuerda que este modelo deja poco espacio para el vínculo y desplaza la experiencia relacional hacia un único eje, que es el del “yo”.

Ferrer analiza en La Vanguardia cómo la hiperautonomía puede volverse disfuncional. “La conexión, la intimidad y la interdependencia entre personas no son opcionales, ya que forman parte de nuestra biología como mamíferos”, recuerda. Especialista en heridas de apego, vínculos afectivos y reprocesamiento del trauma relacional, está formada en Terapia Sistémica y Humanista, entre otras disciplinas centradas en el trabajo con vínculos emocionales.

¿En qué momento esa hiperautonomía deja de ser saludable y puede convertirse en un problema?

Es necesario que exista una parte autónoma en cada individuo, esa relación con uno mismo. Pero la conexión, la intimidad y la interdependencia no son opcionales, ya que forman parte de nuestra biología como mamíferos. Las personas con buena salud mental suelen mantener relaciones significativas, sólidas y profundas. Ser demasiado autosuficiente también puede hacernos olvidar que necesitamos a los demás y el contacto no es negociable en nuestra especie. Sin embargo, venimos de un discurso que ha aplaudido mucho la autonomía, y en ese contexto muchas personas han sufrido en sus vínculos, sintiéndose rechazadas o poco tenidas en cuenta, tanto en la familia como en relaciones adultas.

¿Qué ocurre a partir de esas experiencias de vínculo?

A partir de ahí desarrollamos estrategias adaptativas, mecanismos de defensa para no volver a experimentar dolor. Por ejemplo, alguien muy pendiente del otro, que lee constantemente sus emociones para adaptarse, puede darse cuenta de que se abandona a sí mismo. Entonces aparece un mecanismo en el que desconectarse de la necesidad de vínculo y también de las propias emociones. Es como bajar el volumen de la capacidad de sentir. Eso reduce el dolor, pero también reduce la conexión, la intimidad y la posibilidad de crecer en compañía.

Muchas personas acaban identificándose con esa distancia emocional sin ver que en su momento fue una defensa

Sandra Ferrer

¿Cuándo deja de ser útil ese mecanismo y se convierte en un problema?

El problema aparece cuando estos mecanismos se rigidizan. Dejan de responder a una etapa concreta y pasan a formar parte de la identidad. Muchas personas acaban identificándose con esa distancia emocional o esa autonomía extrema, sin ver que en su momento fue una defensa. En terapia, lo que hacemos es actualizar esos mecanismos, comprobar si siguen siendo útiles o si hoy están levantando barreras innecesarias. Además, es frecuente que la persona se cuestione a sí misma —por qué necesita a otros o por qué le afectan las cosas—, pero no cuestiona el discurso social que glorifica no necesitar a nadie. Cuesta legitimar algo que es profundamente humano: la necesidad de conexión y de vulnerabilidad.

¿Este ideal de no necesitar a nadie está relacionado con heridas de apego o experiencias emocionales no resueltas?

Sí, tiene mucho que ver. La hiperautonomía no deja espacio para el vínculo. Para que una relación funcione, tiene que existir un “yo”, un “tú” y un “nosotros”. Sin embargo, el discurso actual, llevado al extremo, deja solo espacio para el “yo”. Cuando una persona funciona así, normalmente es porque ha encontrado en ello una forma de protegerse. Puede venir de experiencias tempranas —por ejemplo, haber tenido necesidades emocionales que fueron ignoradas—, pero también de vivencias en la vida adulta. El niño no cuestiona a sus padres, sino que duda de sí mismo. Y el adulto hace algo parecido, no cuestiona el discurso social, sino que se cuestiona a sí mismo. Sin embargo, igual que entendemos que a 40 grados sentimos calor porque es natural, deberíamos entender que necesitamos vínculo porque también lo es. Existimos en relación con otros.

Relacionarse desde la apertura supone aceptar que el otro puede hacernos daño, pero confiar en que hay recursos para gestionarlo

Sandra Ferrer

¿Qué efectos tiene ese tipo de protección emocional en los vínculos actuales?

Para evitar el dolor, generamos defensas —lo que a veces llamamos “guardianas”— que levantan murallas. Protegen, pero también aíslan. Al principio puede sentirse liberador, pero a largo plazo suele dejar una sensación de vacío. De hecho, la evidencia muestra que la satisfacción vital no depende tanto de la cantidad de relaciones, sino de su profundidad. Hoy en día hay mucho “picoteo relacional”, pero poca intimidad real, entendida como la capacidad de mostrarse tal y como uno es, sin esfuerzo constante por encajar.

En una sociedad que premia la independencia, ¿cómo podemos equilibrar autonomía y vulnerabilidad sin sentir que perdemos fortaleza?

Lo primero es conectar con lo que uno necesita y ser honesto consigo mismo, reconocer qué vínculos desea, qué le duele y qué le pasa, sin ponerse en tela de juicio. Parece básico, pero muchas personas no lo hacen. En segundo lugar, normalizar nuestra biología: somos seres orientados al vínculo, al contacto y al compartir. También es importante identificar los mecanismos de defensa, darse cuenta de cuándo aparece una barrera —por ejemplo, una dureza excesiva— y preguntarse si sigue siendo necesaria. Quizá en el pasado protegía, pero ahora ya no. La clave es no protegerse antes de tiempo.

¿Qué otras herramientas pueden ayudar a construir vínculos más sanos sin perder la autonomía?

Es importante reconectar con la ternura, una dimensión muchas veces olvidada, ya que esa parte más inocente, confiada y abierta no puede sostenerse en un estado de alerta constante. Sin ternura es difícil abrirse a vínculos profundos. Otra herramienta es exponerse progresivamente al vínculo, como en las fobias en las que, poco a poco, saliendo del propio “yo” para poder ver al otro. Porque una relación no es solo lo que uno quiere recibir, sino también lo que está dispuesto a ofrecer.

También ayuda expresar lo que uno siente; como decir “me siento a gusto contigo”, “me alegra haberte conocido” o “te quiero” implica riesgo, pero ese riesgo forma parte de cualquier relación auténtica. Relacionarse desde la apertura supone aceptar que el otro puede hacernos daño, pero también confiar en que hoy contamos con más recursos para gestionarlo. No se trata de vincularse desde la herida o la defensa, sino a pesar de ellas, integrando la propia historia sin que determine cada relación.