Pequeños cambios en la rutina pueden mejorar la concentración, reducir la ansiedad y disminuir la necesidad de revisar la pantalla constantemente

La adicción al celular se ha consolidado como una preocupación sanitaria y social a nivel mundial, tras más de dos décadas de expansión de los teléfonos inteligentes. De acuerdo con especialistas consultados por The New York Times, limitar únicamente el tiempo de uso resulta insuficiente para combatir la dependencia digital. Los expertos insisten en que la solución requiere intervenciones prácticas y humanas, adaptadas a las dinámicas familiares, escolares y comunitarias.

La relación de la sociedad con el móvil es cada vez más compulsiva. Diversos estudios internacionales coinciden en que niñas, niños, adolescentes y adultos reportan dificultades para dejar de usar el dispositivo, lo que perpetúa un ciclo de uso problemático asociado a síntomas de ansiedad, disminución de la concentración y alteraciones del sueño.

Un informe especial de The New York Times describe que escuelas y comunidades educativas han adoptado medidas en respuesta al descenso del rendimiento académico y al aumento de los problemas de socialización vinculados a la distracción digital.

Aunque el discurso público suele centrarse en la preocupación por el tiempo de pantalla en adolescentes, los especialistas advierten que los adultos también contribuyen al problema. De hecho, padres que imponen límites estrictos a sus hijos rara vez aplican normas similares a sus propios hábitos, lo que debilita la efectividad de cualquier política doméstica.

Cuando el cerebro asocia el “no” con conflicto o rechazo, el sistema nervioso reacciona evitándolo, haciendo que la persona adopte un patrón de complacencia incluso cuando va en contra de sus propios deseos.

Aprender a decir ‘no’ a tiempo y establecer límites es esencial. En las relaciones personales, cuando una persona no sabe decir ‘no’, se da pie a que el resto se aproveche de ello, abusando así de su confianza. Esta situación genera un desgaste físico y mental en las personas que no saben negarse, tal y como señala a EFE la psicóloga Miriam González, del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid.

Un aprendizaje que viene de la infancia

Decir “no” no siempre resulta fácil, y en muchos casos la raíz del problema se encuentra en etapas tempranas de la vida. Tal y como explica Miriam González a EFE, muchas personas han crecido en entornos donde negarse resultaba en castigo, ya fuera de forma explícita o implícita. Por otro lado, mostrarse complaciente era la única vía para recibir afecto o reconocimiento.

Este aprendizaje condiciona el comportamiento de la persona en la vida adulta. Cuando el cerebro asocia el “no” con conflicto o rechazo, el sistema nervioso reacciona evitándolo. De este modo, la persona adopta un patrón de complacencia automática, incluso cuando va en contra de sus propios deseos.

La dificultad a la hora de poner límites puede surgir en etapas tempranas de la vida

La dificultad a la hora de poner límites puede surgir en etapas tempranas de la vidaYuri Arcurs peopleimages.com

El problema se agrava cuando este comportamiento se combina con relaciones en las que otras personas no establecen límites y terminan abusando de esa disponibilidad constante. En palabras de la experta, en muchos casos esto ocurre porque nadie les ha dicho que no antes.

El impacto físico y emocional de no poner límites

El desgaste que provoca no saber negarse es progresivo y, en muchas ocasiones, silencioso. Las señales de alarma pueden pasar desapercibidas al principio, pero con el tiempo se hacen evidentes: cansancio constante, dificultad para priorizarse, sensación de estar disponible para todos menos para uno mismo o enfado reprimido.

Según González, este patrón de comportamiento mantiene al organismo en un estado de alerta continua. Esa sobreexigencia tiene consecuencias directas en el cuerpo, como problemas digestivos, tensión muscular o trastornos del sueño. Asimismo, a nivel psicológico, el impacto tampoco es menor: la falta de límites puede derivar en estrés crónico, ansiedad y una autoestima deteriorada. La persona acaba dejando a un lado sus propias necesidades, intentando abarcar más de lo que puede y sintiendo culpa cuando intenta priorizarse.

Especialistas consultados por The Times advirtieron sobre una etapa temprana del debilitamiento del organismo vinculada a cambios celulares, hábitos de vida y señales sutiles que suelen pasar inadvertidas, con impacto potencial en la salud a largo plazo

(Imagen Ilustrativa Infobae)

La prefragilidad representa una etapa silenciosa identificada en la ciencia del envejecimiento que afecta la calidad de vida futura (Imagen Ilustrativa Infobae)

La ciencia del envejecimiento identificó una fase silenciosa, poco reconocida en la vida de muchas personas, que podría determinar la calidad de los años futuros. El fenómeno de la “prefragilidad” se perfila como una de las principales preocupaciones para la salud pública, según estudios recientes.

El trabajo ya no es sólo cumplir y seguir reglas de supervisores, se convirtió en una experiencia en la que el talento valora la flexibilidad y liderazgos, coinciden especialistas.

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El trabajo ya no es sólo cumplir y seguir reglas de supervisores, se convirtió en una experiencia en la que el talento valora la flexibilidad y liderazgos, coinciden especialistas. FOTO: Shutterstock.

Tras la pandemia de Covid-10 nada fue igual, incluido el mundo del trabajo. Trabajar pasó de sólo seguir reglas a una experiencia de vida, no el centro, balanceada, con un propósito y un talento más activo en lo que pide, de acuerdo con especialistas.

“El trabajo dejó de ser un lugar y se convirtió en una experiencia. Si es donde mayormente paso mi tiempo quiero que ese tiempo sea sano, de calidad y que me cuiden como persona”, considera Alejandro Navarro Borja, director general de la Asociación de Recursos Humanos de Occidente (ARIOAC).

El economista; Cristóbal Martínez Riojas

El académico y escritor estadounidense, profesor en la Universidad de Harvard y una de las voces más influyentes en el estudio del bienestar, ha vuelto a poner sobre la mesa un mensaje tan simple como poderoso: la felicidad no está en alcanzar más, sino en seguir descubriendo. En una reflexión compartida en Instagram, el especialista explicó que la curiosidad actúa como un auténtico motor emocional y que “las personas más felices son las que nunca dejan de aprender por pura curiosidad, no por obligación”.

Brooks, conocido por combinar la psicología, la neurociencia y la filosofía en sus investigaciones, sostiene que mantener vivo el deseo de entender y explorar el mundo incrementa la alegría diaria y refuerza el sentido de realización personal. No se trata, aclara, de acumular títulos o conocimientos técnicos, sino de mantener activa esa chispa que impulsa a leer algo nuevo, probar una afición distinta o simplemente observar con más atención lo que nos rodea.

En su nuevo programa Office Hours, el catedrático profundiza en cómo pequeños gestos cotidianos pueden marcar una diferencia tangible en la percepción del bienestar. Según su visión, la curiosidad tiene la capacidad de renovar la mente y el ánimo, aportando una sensación inmediata de vitalidad. “Cuando te permites descubrir algo nuevo, la vida se enriquece de forma instantánea”, apunta Brooks.

Su propuesta resulta especialmente significativa en una época en la que la productividad y el rendimiento parecen monopolizar las conversaciones sobre éxito personal. Frente a ello, el experto invita a adoptar un enfoque más humano: aprender no como una obligación profesional, sino como un acto voluntario que despierta el asombro y fortalece la felicidad.

De este modo, el mensaje de Brooks llega como un recordatorio de que la curiosidad no entiende de edades ni de contextos. Cada nuevo aprendizaje, por pequeño que sea, puede transformarse en una fuente de satisfacción duradera. Al final, sugiere, el secreto no está en saber más, sino en mantener vivo el deseo de seguir descubriendo.

Vanitatis; C. Acuña

Alicia Vargas, doctora especializada en neurociencia, ha hablado en su canal de Youtube sobre la salud mental: la depresión no es una cuestión de actitud ni de falta de esfuerzo personal.

“La depresión es un cerebro que lleva luchando solo mucho tiempo”, afirma la experta, desmontando uno de los grandes estigmas que todavía rodean a esta enfermedad. Su reflexión pone el foco en una realidad que a menudo pasa desapercibida: detrás de los síntomas hay cambios biológicos, neurológicos y también sociales que condicionan a la persona.

Uno de los primeros errores, según Vargas, es confundir depresión con tristeza. La tristeza suele ser una reacción puntual ante una situación concreta —como una pérdida o un mal día— y, aunque afecta al ánimo, permite continuar con la rutina diaria e incluso experimentar momentos de bienestar.

La depresión, en cambio, implica algo distinto. Aparecen síntomas como la anhedonia —la incapacidad de sentir placer—, alteraciones del sueño, falta de energía, problemas de concentración o cambios en el apetito. El cerebro deja de responder de forma habitual a los estímulos, y la vida cotidiana se vuelve más difícil de sostener.

Un cerebro en alerta constante

La explicación que aporta la doctora va más allá de lo emocional. Habla de un cerebro que funciona de forma distinta: estructuras como la amígdala —encargada de detectar amenazas— pueden volverse hiperactivas, generando una sensación constante de peligro incluso ante situaciones neutras.

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A esto se suma el papel del lóbulo frontal, esencial para planificar, tomar decisiones y corregir errores. En personas con depresión, esta área pierde eficacia, lo que dificulta cambiar conductas o encontrar soluciones. Al mismo tiempo, el hipocampo, relacionado con la memoria, puede verse afectado, lo que impide aprender de experiencias pasadas.

El resultado es un círculo complicado: el cerebro detecta amenazas donde no las hay, le cuesta reaccionar y tampoco consigue adaptarse con facilidad.

Vargas insiste en que la depresión no tiene una única causa. Existe una predisposición genética en algunas familias, pero no es determinante por sí sola. El entorno juega un papel muy importante.

Factores como el estrés durante el embarazo, la violencia, la inseguridad en la infancia o los traumas pueden influir en cómo se expresa esa predisposición. Es lo que la ciencia denomina epigenética: la interacción entre los genes y el ambiente.

Esto explica por qué dos personas con una base genética similar pueden tener trayectorias muy distintas.

Cuando el cerebro se “queda atrapado”

Otro de los aspectos que destaca la especialista es la dificultad del cerebro depresivo para cambiar. La neuroplasticidad —la capacidad de adaptarse y crear nuevas conexiones— se ve reducida, lo que provoca una especie de rigidez mental.

Además, el cerebro tiende a quedarse en lo que se conoce como “red por defecto”, un estado de introspección constante donde predominan los pensamientos rumiantes. Es decir, la mente entra en bucles de ideas negativas que se retroalimentan y dificultan salir de ese estado.

Aunque el tratamiento de la depresión suele incluir medicación y terapia, la neurociencia está poniendo cada vez más énfasis en los hábitos de vida.

Entre ellos, destaca el ejercicio físico, capaz de estimular la producción de sustancias que favorecen la regeneración neuronal. También la respiración consciente y el mindfulness, que ayudan a reducir el estrés y a frenar los pensamientos intrusivos.

Otro punto que puede ayudar es el sistema de recompensa del cerebro. En personas con depresión, este sistema está “apagado”, por lo que se recomienda empezar con metas muy pequeñas —como levantarse, ducharse o dar un paseo corto— para reactivar poco a poco la motivación.

La doctora también señala la importancia de factores que muchas veces se subestiman. El sueño, por ejemplo, suele alterarse en las primeras fases de la depresión, por lo que cuidar la higiene del descanso es fundamental.

Comprender cómo funciona el cerebro en estos casos, sostiene la experta, es el primer paso para abordarlo con empatía y con herramientas adecuadas. Porque detrás de cada persona con depresión hay una historia, pero también un sistema biológico que necesita apoyo para volver a funcionar.

Editorial: El Confidencial

El padre del psicoanálisis analizó la profunda vulnerabilidad humana en el vínculo afectivo; esta reflexión trasciende el tiempo y define nuestra fragilidad emocional

La célebre sentencia de Sigmund Freud, es decir “Nunca estamos tan indefensos frente al sufrimiento como cuando amamos”, constituye uno de los pilares fundamentales de su vasta obra, El malestar en la cultura (1930). Esta reflexión subraya una realidad inherente a la condición humana: la vulnerabilidad extrema a la que nos exponemos al establecer lazos afectivos. Freud argumentaba que, al amar, el sujeto se despoja voluntariamente de sus defensas narcisistas para investir su energía en otro individuo, lo que inevitablemente abre la puerta al desamparo, al dolor y al riesgo de una pérdida paralizante.

El abordaje psicológico sobre esta cita, respaldado por The Economic Times, profundiza en que el amor no solo debe entenderse como una fuente de placer, sino como uno de los tres focos principales del sufrimiento humano. La dinámica freudiana explica que, al abrir nuestro corazón, nuestras defensas disminuyen drásticamente, lo que hace que la posibilidad de decepción o desamor se convierta en una herida física y emocional profunda. Esta indefensión, lejos de ser una debilidad, es una experiencia psíquica compleja.

Esta reflexión no corresponde a un único libro puntual, sino a un conjunto de observaciones sobre el deseo y el inconsciente que atraviesan toda su carrera clínica. Para el psicoanalista, amar implica ceder parte del control emocional, lo que genera expectativas de reciprocidad cuyo incumplimiento deriva en angustia. En este sentido, la vigencia de este pensamiento reside en su capacidad para explicar cómo los vínculos intensos movilizan aspectos profundos de nuestra personalidad.

Cuando un individuo deposita gran parte de su mundo emocional en otro, queda expuesto a un equilibrio que ya no depende totalmente de sí mismoEsta dependencia afectiva, si bien es el motor de gran parte de la felicidad humana, se transforma, ante la ruptura o la ausencia de correspondencia, en una causa directa de neurosis y agitación interna. En palabras de Freud, el individuo que ama se vacía para enriquecer al objeto externo, un proceso que requiere de una madurez emocional capaz de convivir con la constante incertidumbre del vínculo.

La trayectoria de quien formuló estas tesis, Sigmund Freud, es tan compleja como sus teorías. Nacido en 1856 en Freiberg, Moravia —actual República Checa—, el neurólogo se trasladó a Viena a los cuatro años. Según el registro biográfico, estudió medicina en la Universidad de Viena y se especializó en neurología. Su formación incluyó una etapa crucial en París bajo la tutela de Jean-Martin Charcot, donde comenzó a interesarse por los trastornos psicológicos y los mecanismos ocultos de la mente. Junto a Josef Breuer, desarrolló el concepto de las “curas por palabra”, piedra angular del psicoanálisis, método destinado a explorar los deseos inconscientes y los conflictos reprimidos.

Su carrera estuvo marcada por una incansable exploración de los sueños, la sexualidad, los mecanismos de defensa y la infancia, disciplinas que transformaron la psicología moderna. A lo largo de su vida, Freud también sostuvo vínculos profesionales que definieron la historia de la psicología, como su compleja relación con Carl Jung, quien fue inicialmente su discípulo predilecto.

Breuer y Freud fueron quienes sentaron las bases del futuro psicoanálisis

Breuer y Freud fueron quienes sentaron las bases del futuro psicoanálisis Freepik

A pesar de la posterior fractura profesional debido a discrepancias sobre el papel del inconsciente, la influencia de Freud se extendió mucho más allá de la clínica, ya que atravesó la literatura, el cine y la antropología. Tras la anexión nazi de Austria, Freud se vio obligado a huir, estableciéndose finalmente en Londres, donde murió en 1939. Su legado permanece como una lente indispensable para entender la tensión entre nuestros deseos inconscientes y la realidad que nos rodea.

Editorial La nación

La psicóloga Sandra Ferrer analiza cómo el ideal de no depender de nadie, cada vez más presente en la sociedad actual, puede erosionar la capacidad de vincularse y generar malestar emocional

“Igual que entendemos que a 40 grados sentimos calor porque es natural, deberíamos entender que necesitamos vínculo porque también lo es. Existimos en relación con otros”, afirma la psicóloga Sandra Ferrer. En un contexto social en el que el discurso de la hiperautonomía gana cada vez más peso, la especialista recuerda que este modelo deja poco espacio para el vínculo y desplaza la experiencia relacional hacia un único eje, que es el del “yo”.

Ferrer analiza en La Vanguardia cómo la hiperautonomía puede volverse disfuncional. “La conexión, la intimidad y la interdependencia entre personas no son opcionales, ya que forman parte de nuestra biología como mamíferos”, recuerda. Especialista en heridas de apego, vínculos afectivos y reprocesamiento del trauma relacional, está formada en Terapia Sistémica y Humanista, entre otras disciplinas centradas en el trabajo con vínculos emocionales.

¿En qué momento esa hiperautonomía deja de ser saludable y puede convertirse en un problema?

Es necesario que exista una parte autónoma en cada individuo, esa relación con uno mismo. Pero la conexión, la intimidad y la interdependencia no son opcionales, ya que forman parte de nuestra biología como mamíferos. Las personas con buena salud mental suelen mantener relaciones significativas, sólidas y profundas. Ser demasiado autosuficiente también puede hacernos olvidar que necesitamos a los demás y el contacto no es negociable en nuestra especie. Sin embargo, venimos de un discurso que ha aplaudido mucho la autonomía, y en ese contexto muchas personas han sufrido en sus vínculos, sintiéndose rechazadas o poco tenidas en cuenta, tanto en la familia como en relaciones adultas.

¿Qué ocurre a partir de esas experiencias de vínculo?

A partir de ahí desarrollamos estrategias adaptativas, mecanismos de defensa para no volver a experimentar dolor. Por ejemplo, alguien muy pendiente del otro, que lee constantemente sus emociones para adaptarse, puede darse cuenta de que se abandona a sí mismo. Entonces aparece un mecanismo en el que desconectarse de la necesidad de vínculo y también de las propias emociones. Es como bajar el volumen de la capacidad de sentir. Eso reduce el dolor, pero también reduce la conexión, la intimidad y la posibilidad de crecer en compañía.

Muchas personas acaban identificándose con esa distancia emocional sin ver que en su momento fue una defensa

Sandra Ferrer

¿Cuándo deja de ser útil ese mecanismo y se convierte en un problema?

El problema aparece cuando estos mecanismos se rigidizan. Dejan de responder a una etapa concreta y pasan a formar parte de la identidad. Muchas personas acaban identificándose con esa distancia emocional o esa autonomía extrema, sin ver que en su momento fue una defensa. En terapia, lo que hacemos es actualizar esos mecanismos, comprobar si siguen siendo útiles o si hoy están levantando barreras innecesarias. Además, es frecuente que la persona se cuestione a sí misma —por qué necesita a otros o por qué le afectan las cosas—, pero no cuestiona el discurso social que glorifica no necesitar a nadie. Cuesta legitimar algo que es profundamente humano: la necesidad de conexión y de vulnerabilidad.

¿Este ideal de no necesitar a nadie está relacionado con heridas de apego o experiencias emocionales no resueltas?

Sí, tiene mucho que ver. La hiperautonomía no deja espacio para el vínculo. Para que una relación funcione, tiene que existir un “yo”, un “tú” y un “nosotros”. Sin embargo, el discurso actual, llevado al extremo, deja solo espacio para el “yo”. Cuando una persona funciona así, normalmente es porque ha encontrado en ello una forma de protegerse. Puede venir de experiencias tempranas —por ejemplo, haber tenido necesidades emocionales que fueron ignoradas—, pero también de vivencias en la vida adulta. El niño no cuestiona a sus padres, sino que duda de sí mismo. Y el adulto hace algo parecido, no cuestiona el discurso social, sino que se cuestiona a sí mismo. Sin embargo, igual que entendemos que a 40 grados sentimos calor porque es natural, deberíamos entender que necesitamos vínculo porque también lo es. Existimos en relación con otros.

Relacionarse desde la apertura supone aceptar que el otro puede hacernos daño, pero confiar en que hay recursos para gestionarlo

Sandra Ferrer

¿Qué efectos tiene ese tipo de protección emocional en los vínculos actuales?

Para evitar el dolor, generamos defensas —lo que a veces llamamos “guardianas”— que levantan murallas. Protegen, pero también aíslan. Al principio puede sentirse liberador, pero a largo plazo suele dejar una sensación de vacío. De hecho, la evidencia muestra que la satisfacción vital no depende tanto de la cantidad de relaciones, sino de su profundidad. Hoy en día hay mucho “picoteo relacional”, pero poca intimidad real, entendida como la capacidad de mostrarse tal y como uno es, sin esfuerzo constante por encajar.

En una sociedad que premia la independencia, ¿cómo podemos equilibrar autonomía y vulnerabilidad sin sentir que perdemos fortaleza?

Lo primero es conectar con lo que uno necesita y ser honesto consigo mismo, reconocer qué vínculos desea, qué le duele y qué le pasa, sin ponerse en tela de juicio. Parece básico, pero muchas personas no lo hacen. En segundo lugar, normalizar nuestra biología: somos seres orientados al vínculo, al contacto y al compartir. También es importante identificar los mecanismos de defensa, darse cuenta de cuándo aparece una barrera —por ejemplo, una dureza excesiva— y preguntarse si sigue siendo necesaria. Quizá en el pasado protegía, pero ahora ya no. La clave es no protegerse antes de tiempo.

¿Qué otras herramientas pueden ayudar a construir vínculos más sanos sin perder la autonomía?

Es importante reconectar con la ternura, una dimensión muchas veces olvidada, ya que esa parte más inocente, confiada y abierta no puede sostenerse en un estado de alerta constante. Sin ternura es difícil abrirse a vínculos profundos. Otra herramienta es exponerse progresivamente al vínculo, como en las fobias en las que, poco a poco, saliendo del propio “yo” para poder ver al otro. Porque una relación no es solo lo que uno quiere recibir, sino también lo que está dispuesto a ofrecer.

También ayuda expresar lo que uno siente; como decir “me siento a gusto contigo”, “me alegra haberte conocido” o “te quiero” implica riesgo, pero ese riesgo forma parte de cualquier relación auténtica. Relacionarse desde la apertura supone aceptar que el otro puede hacernos daño, pero también confiar en que hoy contamos con más recursos para gestionarlo. No se trata de vincularse desde la herida o la defensa, sino a pesar de ellas, integrando la propia historia sin que determine cada relación.

La vanguardia; Judit González Pernías

Una especialista en psicología explica cómo el estrés sostenido se manifiesta en el organismo y qué factores influyen en su aparición y evolución.

Estrés

El estrés prolongado activa señales en el cuerpo y afecta la salud mental y física de personas. Foto: iStock

El estrés puede no ser evidente en un primer momento, pero el organismo suele emitir señales cuando la tensión se mantiene en el tiempo.
Dichas manifestaciones pueden ser físicas, conductuales y psicológicas, y su identificación permite comprender cómo responde el cuerpo ante situaciones prolongadas de presión.
El estrés no siempre se presenta de forma visible, pero puede reflejarse en cambios en el sueño, irritabilidad, tensión muscular, caída del cabello y alteraciones digestivas cuando se prolonga en el tiempo. Estas señales forman parte de la respuesta del organismo ante situaciones de demanda sostenida.

Interpretación individual y factores que influyen en el estrés

Begoña G. Larrauri, doctora en Psicología y profesora en la Universidad de Valladolid, explica que la interpretación de los hechos influye en la respuesta de estrés. Señala: “Esto nos hace tener más o menos estrés”.
Añade que una misma situación puede percibirse como amenaza o como oportunidad de activación. También destaca el papel de la experiencia previa en la capacidad de afrontamiento. Indica: “Esto te lo da la experiencia, y quien haya superado retos o situaciones difíciles que le haya tocado vivir crea en las personas un sentido de autoeficacia positivo que da mucha energía para abordar cualquier situación que se nos presente”.
La especialista también menciona el esfuerzo aplicado en la resolución de problemas como un factor relevante, así como la salud, los recursos disponibles y el entorno social, que pueden influir en la forma en que se afrontan las situaciones.
Estrés

Las experiencias previas aumentan la autoeficacia para enfrentar situaciones de estrés en personas. Foto:iStock

El estrés como respuesta del organismo

Larrauri explica que el estrés es una reacción natural del organismo ante una alerta o desafío. Señala: “El estrés es similar a la corriente eléctrica, de forma que produce energía, mejora lo que hacemos y es algo necesario”.
Sin embargo, advierte que puede convertirse en un problema cuando se mantiene en el tiempo o se intensifica. En ese caso, señala: “Llega un momento en el que hay sufrimiento, es decir, que la persona lo vive con sufrimiento y entonces es perjudicial”.
La especialista diferencia entre un nivel de activación funcional y otro perjudicial cuando el estado de alerta se prolonga, lo que puede afectar el equilibrio fisiológico del organismo.

Señales físicas, conductuales y psicológicas del estrés

La doctora en Psicología señala que las señales del estrés pueden observarse en tres niveles: físico, conductual y psicológico.
1. A nivel físico se incluyen caída del cabello, piel reseca, picazón, tensión muscular, cambios gastrointestinales, temblores oculares, sudoración excesiva y debilitamiento del sistema inmunológico.
2. A nivel conductual se identifican insomnio, cambios en los patrones de sueño, conductas adictivas, consumo de medicamentos, conductas compulsivas como comer en exceso o dejar de comer, aislamiento social y evitación del ejercicio.
3. A nivel psicológico se presentan problemas de memoria, concentración, dificultad para tomar decisiones, irritabilidad, falta de energía, preocupación excesiva y disminución del disfrute en actividades habituales.
Sobre estos síntomas, Larrauri advierte: “Pero el problema es que algunos de estos síntomas generan un circulo vicioso de preocupación excesiva por lo que te está pasando”.

Evolución del estrés y recomendaciones generales

La especialista señala la importancia de reconocer las señales del organismo desde los diferentes niveles de afectación. Afirma: “De ahí la importancia de escucharnos, y de hacerlo desde tres perspectivas: la sintomatología a nivel de físico, de conducta, y a nivel psicológico”.
También plantea la necesidad de ajustar el ritmo de las actividades diarias para evitar la acumulación de tensión. En este sentido, indica: “Aprende a vivir mejor en un mundo que no va a ir más despacio por ti”.

Podemos reconstruirnos. Hacer algo con lo que nos pasó y volver a avanzar a partir de ese problema o esa desgracia vivida. El mayor experto en resiliencia, el psiquiatra Cyrulnik nos explica cómo.

Cuando uno llega a los sesenta años, como es mi caso, raro es que no hayas recibido golpes duros. He perdido a seres queridos, algunos muy jóvenes, amigos e incluso a un hermano. He fracasado en proyectos en los que había invertido mucho tiempo y esfuerzos, o simplemente me han despedido de trabajos que consideraba estables.

De todo eso he salido. Con cicatrices, pero he salido entero y con fuerzas. Me han dicho que es por mi capacidad de resiliencia. ¿Y de dónde me viene? ¿La tenía genética o he sabido crearla?

A mí me ha ayudado siempre mucho relativizar. Tengo como un mantra: los estudios que se han hecho a las personas con enfermedades terminales y que están en cuidados paliativos.

Casi todos se reprochaban haberse preocupado en exceso por cosas que en perspectiva no eran tan importantes. ¿De qué me voy a quejar yo, comparado con ellos?

La fuerza de la resiliencia

Mujer serena

La resiliencia no es un don innato, sino una capacidad para crecer y recobrarse de un trauma. ISTOCK

No pretendo ser ejemplo de nada, sino solo exponer una fórmula que a mí me ha funcionado. Otros encuentran fuerzas apoyándose en personas de su entorno o mirándose en el ejemplo de figuras a las que admiran.

La resiliencia tiene muchos caminos. Es lo que nos enseña el psiquiatra Boris Cyrulnik, el verdadero maestro a la hora de tratar el campo de la resiliencia.

Cyrulnik, que vivió en su infancia el horror nazi, con la muerte de sus padres y él escapando por poco de los campos de concentración, ha dedicado su vida a estudiar y explicar cómo superar cualquier tipo de traumas.

La resiliencia, nos dice, no es un don innato, sino una capacidad para crecer y recobrarse de un trauma. No ignorándolo, sino partiendo de lo que ha pasado.

No se trata solo de resistir

Mujer serena feliz

De todo lo que nos pasa en la vida podemos extraer un aprendizaje. ISTOCK

 

“La resiliencia no es más que resistir, es también aprender a vivir”, explicaba. La vida es una sucesión de momentos felices y de momentos tristes. Con todos hemos de saber convivir.

A la alegría de un nacimiento le sucede la tristeza de una muerte. A un triunfo, un fracaso. Y asumir este vaivén y equilibrarlo es la forma de que no te caigas del todo. “Cada fracaso en la vida me ha enseñado algo que necesitaba aprender”, decía Charles Dickens.

Así, la resiliencia no es un catálogo de virtudes, sino un proceso que se va tejiendo con el entorno. Esa es la clave.

Cyrulnik no nos propone que seamos el héroe solitario que se salva a sí mismo, sino alguien que rehace su vida a partir de vínculos con otras personas, de palabras de apoyo que te dices y de tiempo. El tiempo da perspectiva, ayuda a cicatrizar.

La capacidad de volver a construirte

Mujer serena

Superar adversidades no es volver intacto a un estado anterior, sino encontrar la forma de avanzar tras la herida. ISTOCK

 

Este neuropsiquiatra, una de las figuras más populares en Francia, ha pasado buena parte de su trayectoria intentando aclarar esa confusión muy extendida que comentábamos al principio. “Resiliencia no es volver intacto a un estado anterior”, comentaba en una entrevista.

Volver a lo de antes sería curación completa. La resiliencia, en cambio, es retomar un camino posible. La persona herida recuerda, pero no queda sometida a sus recuerdos. Vuelve a avanzar, a reconstruirse.

“La persona resiliente comprende que es el arquitecto de su propia alegría y de su propio destino”, añadía Cyrulnik. Ha caído, pero no ha dejado las riendas de su vida.

Cómo aplicar la resiliencia en tu vida

Mujer serena tomando té

La resiliencia es un proceso interactivo que no puede hacerse en soledad. ISTOCK

 

Decir que una persona es “arquitecta” de su alegría puede sonar a consigna de autoayuda, como si todo dependiera de la voluntad individual. Hay que puntualizarlo, porque Cyrulnik, en realidad, ha repetido justo lo contrario.

“La resiliencia es un proceso interactivo que exige encuentro. Solo, no hay resiliencia posible”, matizaba en otra ocasión.

En su obra, hablar con otros o con uno mismo es una forma de reorganizar lo vivido. Poner palabras al golpe. Sobre todo, cuando existe otro que escucha, ayuda.

El apoyo social, el apego seguro de familiares y ciertas habilidades de autorregulación, son herramientas de las personas resilientes. Y recuerda que el sufrimiento inicial suele ser normal y probablemente adaptativo. Ayuda a asimilar el cambio.

La importancia de Cyrulnik

Mujer madura aire libre felicidad

En la etapa de la madurez, todo se relativiza mejor. ISTOCK

 

La resiliencia es hoy un término popular gracias entre otros a Cyrulnik. Eso explica también su enorme influencia.

Ayudó a sacar la resiliencia del lenguaje técnico para convertirla en una conversación pública sobre infancia, apego, trauma, educación y salud mental.

Reconozco que he llegado hace relativamente poco tiempo a él y sus escritos. Justamente cuando hablaba de la etapa en la que entro. “A los 60 años, ya no podemos engañarnos -escribía-. El cuerpo, la memoria y las emociones hablan juntos sin vacilación.”

A los 60 años, la resiliencia se vive con otra perspectiva. A veces hace falta tiempo para que ese junco torcido vuelva a verse plenamente enderezado. Desde la madurez, todo se relativiza mejor.

Cuerpo Mente; Pablo Cubí del Amo