El experto defiende una mirada menos centrada en la etiqueta diagnóstica y más atenta a la biografía, los vínculos y el origen del sufrimiento.
El malestar contemporáneo se ha convertido en diagnóstico casi automático, hasta el punto de que cabe preguntarse si realmente se está nombrando el sufrimiento o reduciéndolo. Con frecuencia, lo que antes se entendía como dolor vital, pérdida o desajuste con la propia historia, se etiqueta hoy como depresión o ansiedad. Pero ¿y si parte del problema no estuviera en el cerebro, sino en la forma en que se interpreta la vida?
“Lo que hoy llamamos ansiedad suele empezar mucho antes de los síntomas”, señala el psiquiatra José Luis Marín, invitado en el pódcast Vidas Contadas, donde cuestiona algunas de las ideas más asentadas sobre la salud mental. Con una trayectoria de más de cuatro décadas, plantea una tesis tan provocadora como debatida: que buena parte de lo que hoy se diagnostica como depresión no reside en el cerebro, sino en la biografía de cada persona, en aquello que ha ocurrido y no siempre ha podido ser escuchado a lo largo de la vida.
A partir de su experiencia, el psiquiatra advierte del peligro de etiquetar el sufrimiento con un diagnóstico psiquiátrico: “Lo hemos estado haciendo durante los últimos años. Entender o creer que el sufrimiento humano es un problema médico, y que puede resolverse como tal, se traduce en etiquetas diagnósticas”, empieza diciendo.
En ese proceso, el malestar acaba a menudo convertido en un nombre clínico: “Tú estás sufriendo absolutamente y tenemos que encuadrarlo en algún sitio. No estoy seguro de que se tenga que hacer, pero se hace. Los diagnósticos psiquiátricos no son una manera adecuada de referirse al sufrimiento. No es bueno ni para quienes sufren ni para los profesionales”, añade.

El malestar psicológico suele expresarse en forma de síntomas antes de ser comprendido como historia vital Getty Images/iStockphoto
Dentro de su consulta, Marín señala que muchas personas llegan con una comprensión clara de su propio malestar: “Si escucháramos a los pacientes, podríamos llegar a un diagnóstico y a un tratamiento. Ellos lo saben todo y te lo cuentan”, apunta. En ese sentido, el relato del paciente no es un añadido secundario, sino la clave para entender el origen y la lógica del sufrimiento que se expresa en forma de síntomas.
La vida como origen
El experto considera la psicoterapia como un fenómeno apoyado biológicamente con un mecanismo llamado neuroplasticidad: “Eso se puede hacer perfectamente y es un aprendizaje. Los psicoterapeutas básicamente facilitamos que la persona vea su historia y que la serotonina alterada no es la causa de su sufrimiento. Siempre digo que la depresión no está en tu cerebro, la depresión está en tu vida”, destaca.
Desde esta perspectiva, primero es necesario comprender la propia biografía. Al hacerlo, la persona suele reconocer patrones que se han ido consolidando con el tiempo. Algunas reacciones, como respuestas intensas o incluso síntomas físicos, pudieron tener sentido en la infancia, pero hoy persisten como bucles automáticos que ya no resultan útiles. Solo desde esa comprensión es posible empezar a modificar respuestas automáticas y abrir la posibilidad de nuevas formas de reaccionar menos marcadas por la desconfianza o la alerta permanente.
Los padres no tienen que ser amigos de sus hijos. Ser amigo de un hijo supone una pérdida de rol cuando lo que necesita es un padre
Patrones que persisten
Una de las preocupaciones que atraviesan muchos padres es la idea de satisfacer por completo las necesidades de los hijos. Marín recuerda que se trata de una tarea imposible: “Los padres van a decepcionar, no hay manera de llenar el depósito al cien por cien”, señala.
También cuestiona la tendencia a querer ocupar el lugar de los amigos en la crianza: “Los padres no tienen que ser amigos de sus hijos. Ser amigo de un hijo supone una pérdida de rol. Lo que necesita es un padre, una figura sólida y estable. Y eso implica asumir una responsabilidad que a veces es dolorosa: saber decir que no”, explica. En su opinión, la claridad del rol paterno no solo ordena la relación, sino que aporta la seguridad emocional que sostiene el desarrollo de los hijos.

El papel de los padres, más que la amistad, es aportar estructura y límites Getty Images/iStockphoto
Poner límites, concluye, es una de las tareas fundamentales de la paternidad, junto con la capacidad de reconocer el error y sostener la propia incertidumbre: “Uno necesita seguridad para saber que se equivoca y que puede equivocarse”. En esa tensión entre la firmeza y la vulnerabilidad se construye, para Marín, no sólo el ejercicio de ser padre sino la base emocional sobre la que se organiza buena parte de la vida adulta.
Poner límites, concluye, es una de las tareas fundamentales de la paternidad, junto con la capacidad de reconocer el error y sostener la propia incertidumbre: “Uno necesita seguridad para saber que se equivoca y que puede equivocarse”. En esa tensión entre la firmeza y la vulnerabilidad se construye, para Marín, no sólo el ejercicio de ser padre sino la base emocional sobre la que se organiza buena parte de la vida adulta.


