Alicia Vargas, doctora especializada en neurociencia, ha hablado en su canal de Youtube sobre la salud mental: la depresión no es una cuestión de actitud ni de falta de esfuerzo personal.

“La depresión es un cerebro que lleva luchando solo mucho tiempo”, afirma la experta, desmontando uno de los grandes estigmas que todavía rodean a esta enfermedad. Su reflexión pone el foco en una realidad que a menudo pasa desapercibida: detrás de los síntomas hay cambios biológicos, neurológicos y también sociales que condicionan a la persona.

Uno de los primeros errores, según Vargas, es confundir depresión con tristeza. La tristeza suele ser una reacción puntual ante una situación concreta —como una pérdida o un mal día— y, aunque afecta al ánimo, permite continuar con la rutina diaria e incluso experimentar momentos de bienestar.

La depresión, en cambio, implica algo distinto. Aparecen síntomas como la anhedonia —la incapacidad de sentir placer—, alteraciones del sueño, falta de energía, problemas de concentración o cambios en el apetito. El cerebro deja de responder de forma habitual a los estímulos, y la vida cotidiana se vuelve más difícil de sostener.

Un cerebro en alerta constante

La explicación que aporta la doctora va más allá de lo emocional. Habla de un cerebro que funciona de forma distinta: estructuras como la amígdala —encargada de detectar amenazas— pueden volverse hiperactivas, generando una sensación constante de peligro incluso ante situaciones neutras.

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A esto se suma el papel del lóbulo frontal, esencial para planificar, tomar decisiones y corregir errores. En personas con depresión, esta área pierde eficacia, lo que dificulta cambiar conductas o encontrar soluciones. Al mismo tiempo, el hipocampo, relacionado con la memoria, puede verse afectado, lo que impide aprender de experiencias pasadas.

El resultado es un círculo complicado: el cerebro detecta amenazas donde no las hay, le cuesta reaccionar y tampoco consigue adaptarse con facilidad.

Vargas insiste en que la depresión no tiene una única causa. Existe una predisposición genética en algunas familias, pero no es determinante por sí sola. El entorno juega un papel muy importante.

Factores como el estrés durante el embarazo, la violencia, la inseguridad en la infancia o los traumas pueden influir en cómo se expresa esa predisposición. Es lo que la ciencia denomina epigenética: la interacción entre los genes y el ambiente.

Esto explica por qué dos personas con una base genética similar pueden tener trayectorias muy distintas.

Cuando el cerebro se “queda atrapado”

Otro de los aspectos que destaca la especialista es la dificultad del cerebro depresivo para cambiar. La neuroplasticidad —la capacidad de adaptarse y crear nuevas conexiones— se ve reducida, lo que provoca una especie de rigidez mental.

Además, el cerebro tiende a quedarse en lo que se conoce como “red por defecto”, un estado de introspección constante donde predominan los pensamientos rumiantes. Es decir, la mente entra en bucles de ideas negativas que se retroalimentan y dificultan salir de ese estado.

Aunque el tratamiento de la depresión suele incluir medicación y terapia, la neurociencia está poniendo cada vez más énfasis en los hábitos de vida.

Entre ellos, destaca el ejercicio físico, capaz de estimular la producción de sustancias que favorecen la regeneración neuronal. También la respiración consciente y el mindfulness, que ayudan a reducir el estrés y a frenar los pensamientos intrusivos.

Otro punto que puede ayudar es el sistema de recompensa del cerebro. En personas con depresión, este sistema está “apagado”, por lo que se recomienda empezar con metas muy pequeñas —como levantarse, ducharse o dar un paseo corto— para reactivar poco a poco la motivación.

La doctora también señala la importancia de factores que muchas veces se subestiman. El sueño, por ejemplo, suele alterarse en las primeras fases de la depresión, por lo que cuidar la higiene del descanso es fundamental.

Comprender cómo funciona el cerebro en estos casos, sostiene la experta, es el primer paso para abordarlo con empatía y con herramientas adecuadas. Porque detrás de cada persona con depresión hay una historia, pero también un sistema biológico que necesita apoyo para volver a funcionar.